... Tomé una larga ducha antes de la cena y ya ella había hecho mismo junto al esposo. Los dos estaban alegres y charlaban
distendidamente, de todas las cosas que un matrimonio bien avenido suele hablar. Se respiraba paz en la mesa y una notable actividad de
energías renovadas llenaba por completo la estancia, aumentando la buena relación en este juego a tres bandas, cargado de impresionante actividad.
Después de tantas risas y una grata cena, llegó la hora de dormir. La tenaz esposa no cesó de acariciar mi sexo con sus pies por debajo de la mesa, durante toda la cena. Sintió mi polla empalmada y dura entre sus plantas
podales y aun más morbo le dio que su marido lo supiese, manteniendo este una callada calma, que no hacía más que alimentar su sed de ella y la la de ella por mi. Dediqué muchas energías a mantenerla calentita y entretenida durante tan sabrosa comida. Ella se acordaba de la reciente ensalada de polla y albóndigas de la tarde y me dedicaba muecas y ficticias mordidas en la punta de mi pene. Clavé en su mirada mi vista cada vez que tuve ocasión, en un devastador castigo y directa provocación, haciendo ella de mi morbosa embestida su más dulce degustación. Movimientos de lengua, gestos, provocación e invitaciones a jugar con ella hasta que se nublase la razón de alguno de los dos, pero siempre la ineludible y
viciosilla lascivia hacía su aparición traicionera, que nacía y habitaba su interior, dejando en su cara el rojo encendido de su pasión indiscreta tiñendo el aire con su intenso fragor.
Ya en la cama, podía
oír que la mujer no paraba de dar vueltas sobre el colchón. Se acariciaba a sí misma bañada en un sudor suave y caliente, que cubría del todo su desnudez y le regalaba caricias en su resbalar y rodar por todo su encendido cuerpo. Las calenturas de la morbosa cena ya daban sus frutos dentro de su bullente cabeza. Pensaba y saboreaba cada instante transcurrido durante todo el día en su memoria infinita, de
morbosa y siempre insatisfechas ganas de más, recordando y trayendo a su recuerdo inmediato todo lo sentido y acontecido desde antes, hasta ese preciso momento. Recuperando instantáneamente la memoria física de los orgasmos sentidos y
reviviéndolos en ese instante, hasta sentirlos de nuevo como si volviese atrás en un f
eed back o retroalimentación de su memoria
aflorante, de intensos orgasmos que mojaron su coño nuevamente impregnado del más apetitoso deseo. Su esposo, se hizo el dormido para vivir de cerca las arrolladoras ansias sexuales de su amante esposa, que se perdía dentro de sí misma buscando la satisfacción en otros labios, en otro cuerpo, en otra cama, en una zambullida en aguas oscuras y peligrosas que la llenaban de la más grande alegría conocida hasta esos momentos. La mía. No le dí tiempo siquiera de llegar a la puerta de conexión entre las dos habitaciones. Allí estaba yo, apoyado en un lado con la puerta abierta, en pie,
desafiantemente masculino y poderoso y armado hasta los tuétanos con mi deslumbrante armadura de macho castigador, sabedor y descubridor de sus más íntimos deseos. Despiadado
sexualmente hablando y algo arrogante,
desafiando a la ardiente hembra a un combate perdido por ella de antemano. Ella se quedó impresionada, gratamente impresionada. Me acerqué a ella lentamente con la mirada puesta en sus ojos muy despacio y con la seguridad de un tigre de bengala, que se sabe superior a su presa. Tomándola de una mano con mi derecha, la arrastré hasta mi cuarto y sin cerrar la puerta que lo separaba del suyo, la tiré sobre la cama como quien tira un bulto de ropa sucia y la hice
sufrirme un buen rato con la presión y el empuje de mi carne de empujar sobre su cuerpo y vientre. Recostado encima de ella totalmente empalmado, rocé mi ariete contra su vulva, sus labios mayores y entre sus piernas, logrando llevarla a un punto de deseo volcánico y abrasador que la tomó con el furor de un dragón que escupe fuego por la boca, haciéndola perder la calma y el sentido del tiempo hasta gritar con desesperación que me la follara.
- ¡¡
Fóllame...,
fóllame cabrón... fóllame !! . Gritaba con la alocada fogosidad que quemaba su interior. Yo inamovible, parecía insensible a sus ruegos pues con ganas de verla y sentirla llorar por mi, me la quedé mirando sabiéndome el mejor torturador de sus instintos de hembra de chispeante lujuria.
- ¡¡
Noooo... !! . Contesté a su ruego imperante sujetándola fuertemente y con firmeza aplastante. Esto aumentaba sus ardientes ganas pues sabía en su razón, que era lo que ella buscaba y necesitaba. Esa espera deseada y no pactada, ese abandono pendiente a la vez de su mente, de sus miradas, de sus más insospechables deseos de ser ignorada a sabiendas. Esa calma desesperante que la sumía en una total y absoluta espiral de desenfrenado calor animal, que la hacía arder hasta la piel de sus huesos. Esa pasividad mía y la impotencia suya, con la que ella podía medir la intensidad y fuerza de sus deseos por mi y de mi dominio sobre ella. Esa parte de
hijo puta encantador, conocedor hasta el infinito de los más retorcidos juegos de su mente, de su sexo y de los más oscuros y no conocidos secretos de su cuerpo. La mujer lloraba. Lloraba con lágrimas que brotaban desde su alma y no por mi, sino por sí misma. Lloraba al poder sentir que por fin que alguien se ha molestado en entender que no es una polla lo que la llenaba, sino ese
desearla, transgresor y agresor de su mente, alma y cuerpo. Ese luchar hasta desearla tanto, que no era lo importante tenerla sino desearla en si mismo, de forma palpable y viva con deseos que se hacen de carne hasta poder tocarlos hechos vida. Saborearlos y sentirlos encima suya, presionando su piel, su cuerpo, en el fluir a
través de sus sentidos como agua que va desde un
río a la fuente, de la que mana agua fresca y pura, que devuelve el aliento al más sediento en un caluroso día. Que llena, que sacia y que renueva. Ese jugar con la pasión, el sexo, el morbo, la piel, la vida y la energía que contenemos dentro, hasta hacernos sentir que todo gira alrededor nuestro y que todo forma parte de nosotros y nosotros de todo, pues todos somos una misma cosa. La
energía viva que vive en nuestros cuerpos y que se llama alma. Donde nacen y crecen todos los deseos de nuestra mente y cuerpo. Buenos o malos, eso lo juzgará cada uno según su medida. de las cosas, de la que cada cual tenga para si mismo y para los demás.
Continuaba sobre ella haciéndola sufrir cada vez más. Sus carnes temblaban por la fuerza de mis palabras y por el impacto que ocasionaban sobre su mente, vista y percepción de todo en ese momento. Todo le resultaba grande, enorme,
desmedidamente desbordante y esta era mi baza más fuerte en este castigador juego. Me metía por sus ojos, por su cabeza, por su cuerpo y no había lugar al que no entrase a pesar de su resistencia ineficaz.
- ¡ La sientes sobre tu coño caliente y no puedes tenerla porque no me da la gana ! . Le decía con una voz segura y atronadora. Sus ojos se abrían porque sabía que así era y eso le encantaba. Sentir mi absoluto control sobre ella, mi fuerza visual sobre su mirada, mi ineludible entrada a su mente sin que ella pudiese evitar. Convertirse durante ese tiempo en mi mayor y más feroz esclava sexual. Yo, me imponía a sus deseos haciéndome desear como sé que ella necesitaba que me impusiese, con una propiedad avasalladora que le rompía al completo. Que hiciese todo como y del modo que me diese la gana, de ella y con ella, sin dejar de ser yo, para que ella me sintiese más a mi y a sí misma más que nunca a través de mi. Sin pedir permiso, sin ruegos ni chorradas. Sé lo que desea, cómo lo desea y lo que necesita y por eso lo hago, porque me da la gana y nada más. Mi fuerza, mis músculos venados, mi vello y mi sudor, la envuelven a toda ella oliendo y sintiendo a puro macho, a hombre curtido en una dura vida nada fácil, a un guerrero
combativo y ganador del premio de vivir sin complejos ni envidias, una grata vida completa y plena de satisfacción y alegrías. La hembra y mujer, siente mi vigor en ella y no solamente el de mi cuerpo sino el de mi interior, que la gobierna y la maneja con aplomo y sabia conducción, llenándola y vaciándola por completo por dentro y por fuera de si, para llenarla de mi y otra vez de ella misma entregándole lo mejor de lo que soy y de lo que siento, para que así sea más ella que nunca y se sienta si cabe más ella que yo. Un hombre capaz de entender y comprender lo que toda mujer necesita, en cada instante y momento. No necesitaba un amante perfecto, ni un gigante del sexo. Sólo necesitaba sentirse viva y deseada con fuerza y ganas, en ese preciso instante en que la vida te pone a prueba y confundes tu identidad física con tus sentimientos. Estaba viva y tenía que sentirlo en sus carnes desde los pies a la cabeza, para
gritarlo a los cuatro vientos con toda la fuerza que pudiera salir desde su sangrante alma a través de su garganta.
En esta parte de del capítulo, es donde la mayoría de los hombres fallan por su poca experiencia y por la pregunta tonta que marca siempre la diferencia, entre un buen o mal amante, entre un hombre de verdad y un pseudo hombre que se llama a sí mismo... " Un macho ". ¿ Qué quieres que te haga ?. Ella quiere lo que su hombre quiera y desee, si la sabe llevar al lugar donde los miedos se pierden y se abre la consciencia a una sexualidad que siente, vive y necesita
revivirse a sí misma cada día. Esta es mi opinión y la digo desde mi propia experiencia, sin querer ofender a nadie con estas palabras, que hablan de mi y solo de mi. Cada uno sabe lo suyo.
Ella, trató una vez más de
engullirme con su vagina tragadora de hombres pero le resultó imposible, pues mis palabras sucias y llenas de estímulo en sus
oídos, la llevaron hasta un orgasmo
desgarradoramente terrible y explosivo en pocos segundos, mientras mi mano derecha sujetaba su cuello con fuerza y el olor que desprendía mi cuerpo a perfume de agradable sándalo mezclado con el sudor que manaba de mis poros, se metía en sus narices
llenando sus pulmones con mis aromas. En un momento exacto, acerqué el grueso glande de mi pene a la entrada de su fatigada vagina y empujándolo lenta y suavemente hasta el fondo, sentí como en su femenina corrida lo estrangulaba con los espasmos y sacudidas de todo su cuerpo. Se abrió su boca exhalando un suspiro profundo, más bien como un quejido de satisfacción y alivio y de nuevo, lo saqué fuera para empujarlo otra vez y de la misma manera, para lograr una vez más un orgasmo contenido durante mucho tiempo. Me situé a su espalda y le bombeé mi ariete dentro de ella sin prisa y sin pausa, con contundencia y cariño, hasta que la situé boca abajo y yo, sentado sobre sus muslos la penetré nuevamente hasta desgarrar sus ganas por completo.
- ¿ A qué te guste la leña de tu castigador bonita ... ? - . Preguntaba yo.
- ¡¡
Siiii ... !! - . Respondía ella mientras yo la sujetaba por sus cabellos de la cabeza, con moderadas fuerzas.
- ¡¡
Rómpeme,
destrózame,
párteme si te apetece. No me resistiré ... !! - . Me contestaba ella. Aunque hubiese podido resistirse no lo
hubiera impedido y lo dice, desde el
conocimiento de esta verdad absoluta.
Así estuvimos más de dos horas. Cuando percibió que a punto estaba de eyacular por los latidos del glande de mi pene en su coño, se
dio prisa y
metiendo mi ariete en su boca, mantuvo en ella mis jugos y saboreándolos durante un rato los tragó con gusto.
Su marido en la otra habitación, miraba lo que sucedía y con gran pasión y vicio, se masturbó a la salud de los tres una tres veces seguidas una de otra.